Crítica al agnosticismo
Publicado: Dom Abr 05, 2009 11:24 am
Si bien es cierto que el agnosticismo es una postura prudente por parte de quien diga que no tiene suficientes datos para afirmar o negar la existencia de Dios, no es menos cierto que dicha postura dista mucho de ser racional en la actualidad. Alguien a quien no le hubieran hablado nunca de Dios no podría ser más que ateo, y sólo la influencia de la religión –sobre todo en la infancia- permite que algunos no puedan desprenderse de esa fuerza mística y misteriosa que irradia la idea de Dios.
Hay razones de sobra para negar la existencia de tal ser. Pero el respeto que infunde esa idea –una “idea-trampa”- es demasiado fuerte para algunos, que temen caer en una imprudencia al negar la posibilidad de un ente que sólo la ignorancia y la superstición pueden sustentar.
Negar la existencia de Dios no tiene parangón con negar, por ejemplo, la existencia de seres inteligentes extraterrestres. La prudencia que obliga a suspender el juicio respecto de extraterrestres es racional, ya que nosotros mismos somos los referentes existenciales de tales seres, mas no existe ningún referente existencial de “sustancia inmaterial con entidad propia” y que, además, sea capaz de crear lo material. Eso es una locura ontológica por su misma contradicción. No sólo se tendrá que explicar cómo lo inmaterial puede crear lo material, sino cómo puede existir una inteligencia, una conciencia o una mente impregnada de teleología sin soporte material y con un potencial creador infinito.
Aunque ya esté demasiado manoseado el ejemplo hay que insistir en que la prudencia propia del agnosticismo es infinitamente más irracional que la postura de quien suspendiera el juicio ante la afirmación o negación de la existencia de todos aquellos seres inventados por el hombre con la pretensión de que sean realidad o no. Esto es, tanto si son mitológicos como si se cree realmente en ellos, tales como los Reyes Magos, Papá Noel, el Ratoncito Pérez, las hadas, los gnomos y un largo etcétera.
Los agnósticos y los creyentes no soportan tales comparaciones, e incurren frecuentemente en la descalificación del ejemplo por considerarlo poco serio, dando a entender que Dios es algo especial que merece un tratamiento distinto al del resto de seres mitológicos. Dicho tratamiento “especial” incurre en una clamorosa petición de principio al considerar a un ente -del que no se conoce lo más mínimo- como diferente de cualquier otro del que tampoco se conoce nada, sino sus fantásticas atribuciones hechas por la mente humana que no tienen por qué constituir por sí mismas un aval ontológico de menos categoría que los que se atribuyen a Dios. Dicho de otra manera: si no se conoce nada de Dios, no es legítimo afirmar que ese ser es especial respecto de otras quimeras. La invención de un ser incluye todas sus atribuciones.
¿Por qué, cuando un agnóstico, pone en suspenso la existencia de un Ser creador lo define como un “Quien” y no como un “qué”?
Ese detalle es sumamente significativo, ya que quien crea en la posibilidad de una energía creadora que dio origen a todo lo existente, bien podría pensar en una fuerza física -como la gravedad, el electromagnetismo o cualquier otra- y no precisamente en un "ser". Esa es la influencia religiosa a la que me refería anteriormente y de la que los agnósticos todavía no se han podido desprender.
La idea de "ser" está cargada de connotaciones especiales que no son atribuibles a ninguna energía física inerte, sin vida, tales como conciencia, teleología y otros antropomorfismos inaceptables.
Negar lo irracional, lo absurdo, lo contradictorio, lo metafísico y todo lo que se opone a lo verosímil, es casi una obligación por parte de aquél que se considere intelectualmente honrado y no quiera engañarse. No valen excusas como que no podemos negar la existencia de lo desconocido. Ese “desconocido” no es tan desconocido en un mundo científico y tecnológico como el de hoy, puesto que los mismos avances de la ciencia impiden, cada vez más, dar cabida a seres imaginarios con propiedades más bien propias de los cuentos infantiles.
Hay razones de sobra para negar la existencia de tal ser. Pero el respeto que infunde esa idea –una “idea-trampa”- es demasiado fuerte para algunos, que temen caer en una imprudencia al negar la posibilidad de un ente que sólo la ignorancia y la superstición pueden sustentar.
Negar la existencia de Dios no tiene parangón con negar, por ejemplo, la existencia de seres inteligentes extraterrestres. La prudencia que obliga a suspender el juicio respecto de extraterrestres es racional, ya que nosotros mismos somos los referentes existenciales de tales seres, mas no existe ningún referente existencial de “sustancia inmaterial con entidad propia” y que, además, sea capaz de crear lo material. Eso es una locura ontológica por su misma contradicción. No sólo se tendrá que explicar cómo lo inmaterial puede crear lo material, sino cómo puede existir una inteligencia, una conciencia o una mente impregnada de teleología sin soporte material y con un potencial creador infinito.
Aunque ya esté demasiado manoseado el ejemplo hay que insistir en que la prudencia propia del agnosticismo es infinitamente más irracional que la postura de quien suspendiera el juicio ante la afirmación o negación de la existencia de todos aquellos seres inventados por el hombre con la pretensión de que sean realidad o no. Esto es, tanto si son mitológicos como si se cree realmente en ellos, tales como los Reyes Magos, Papá Noel, el Ratoncito Pérez, las hadas, los gnomos y un largo etcétera.
Los agnósticos y los creyentes no soportan tales comparaciones, e incurren frecuentemente en la descalificación del ejemplo por considerarlo poco serio, dando a entender que Dios es algo especial que merece un tratamiento distinto al del resto de seres mitológicos. Dicho tratamiento “especial” incurre en una clamorosa petición de principio al considerar a un ente -del que no se conoce lo más mínimo- como diferente de cualquier otro del que tampoco se conoce nada, sino sus fantásticas atribuciones hechas por la mente humana que no tienen por qué constituir por sí mismas un aval ontológico de menos categoría que los que se atribuyen a Dios. Dicho de otra manera: si no se conoce nada de Dios, no es legítimo afirmar que ese ser es especial respecto de otras quimeras. La invención de un ser incluye todas sus atribuciones.
¿Por qué, cuando un agnóstico, pone en suspenso la existencia de un Ser creador lo define como un “Quien” y no como un “qué”?
Ese detalle es sumamente significativo, ya que quien crea en la posibilidad de una energía creadora que dio origen a todo lo existente, bien podría pensar en una fuerza física -como la gravedad, el electromagnetismo o cualquier otra- y no precisamente en un "ser". Esa es la influencia religiosa a la que me refería anteriormente y de la que los agnósticos todavía no se han podido desprender.
La idea de "ser" está cargada de connotaciones especiales que no son atribuibles a ninguna energía física inerte, sin vida, tales como conciencia, teleología y otros antropomorfismos inaceptables.
Negar lo irracional, lo absurdo, lo contradictorio, lo metafísico y todo lo que se opone a lo verosímil, es casi una obligación por parte de aquél que se considere intelectualmente honrado y no quiera engañarse. No valen excusas como que no podemos negar la existencia de lo desconocido. Ese “desconocido” no es tan desconocido en un mundo científico y tecnológico como el de hoy, puesto que los mismos avances de la ciencia impiden, cada vez más, dar cabida a seres imaginarios con propiedades más bien propias de los cuentos infantiles.